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MEMORIAS DEL BOSQUE

 

DAMAS DEL BOSQUE

Flavia Prato Urriaga (25/02/2020)

 

Años atrás muchos o pocos, se escuchaba un cliché cada vez que se quería resaltar algún logro que decía así: “Detrás de un gran hombre camina una gran mujer”. Sin embargo, la lección que aprendí mientras crecía fue: “Del lado de una gran mujer camina un gran hombre”. Una vida así involucra dos almas que deciden recorrer el camino de la vida juntas con un fin en común, simplemente la vida del uno fluye en sincronía con la del otro. Así me lo enseñaron las damas que me criaron.

 

La maestra suprema fue María Consuelo Mathews Guerrero (1903-1985), mujer extraordinaria, de belleza y carisma sin igual, atrevida aventurera por naturaleza, siempre decía lo que pensaba, así como, hacia lo que creía sin temor alguno. Cada día vivía una aventura y si no había ella la creaba, hasta las tareas cotidianas ella las volvía hechos memorables, ése era el gran magnetismo que poseía.

 

Apasionada por los animales, en la época que recorría la selva del Perú en busca de oro y caucho al lado de Lucho o Lucho del lado de ella, andaba montada en cebús en Madre de Dios, con serpientes enroscadas en el cuello en Iquitos, era amiga por igual de nativos o altos funcionarios para los que trabajaban. En Iñambari adopto dos tigrillos, Tabú y Selva, que los criaba como sus mascotas, incluso los sacaba a pasear por los parques de Miraflores las veces que estaban en Lima. En esas oportunidades frecuentaban las carreras de caballos en el hipódromo de Santa Beatriz, ella iba desbordando belleza del brazo de Lucho, pero como no podía ir en contra de su naturaleza en el momento de determinada carrera, ya estaba lista con su ropa de yockey sobre un caballo en los boxes de partida y así se consolido como una gran yocketa ganando innumerables carreras. En sus años ochentas sin cana alguna, dormía sentada en un sillón abrigada por un poncho, cuidándonos atenta a cualquier peligro, debajo de ese poncho ya rasgado por los años, en el cinto cargaba su Smith and Wesson plateada con empuñadura de nácar que la había acompañado por innumerables caminos aún no recorridos.

 

Consuelo y Lucho llegaron a Tingo María en 1921, ella llegó cargando en la espalda envuelta en una llicya a su bebe con poco tiempo de nacida a orillas del mar de Ancón, Yolanda Prato Mathews (1920 -2016), mujer de exuberante belleza y fortaleza sin igual, decidida y determinada en lograr cualquier reto que se propusiese. Acostumbrada a cruzar ríos y mares a nado y largas caminatas por trochas en la selva, montañas y desiertos le desarrollaron una fortaleza física poco común en mujeres de su época que la convertirían en "Campeona Nacional de Natación", batió récords en los 400 y 200 mts. libre que la llevaron a representar al Perú en campeonatos de natación internacionales junto a la selección nacional de los años 1937 – 1940. Su belleza la llevó a coronarse como “Miss Primavera” en varias oportunidades, durante su época de estudiante de medicina. Luego que se graduó como doctora, clasifica para servir en el hospital de las Fuerzas Policiales donde logra ascender de rango hasta convertirse en la primera mujer coronel de esa institución. Apasionada por la naturaleza y artesanía peruana, vivía rodeada de plantas que cuidaba con esmero y dedicación, así como artesanías que había recolectado en sus recorridos por el país. Del lado de ella siempre estuvo Miguel Franchi Delgiudice (1916 - 1998), nacido en la campiña de Tarma apasionado por los caballos de paso, hombre apacible y generoso, doctor también.

 

Y en medio del bosque floreció una rosa blanca, la dama que me dio la vida, Luz Urriaga Duval (1936-1975). Lucha como le decían, delicada como cada pétalo, hermosa, suave como una brisa que te acaricia, ella toda era armonía, de andar pausado y tranquilo, a su vez sus ojos grandes como luceros mostraban un espíritu fuerte pero sereno. Nació en Barranca en la hacienda Paramonga donde su papá trabajaba, creció en contacto con la naturaleza árida de la costa, acostumbrada a cabalgar libre por el campo. Ella volvió suyos los sueños de un soñador, llegó a Luconyope en 1959 para formar junto a Pepe su propia familia, no se intimido por la rudeza del bosque, más bien aprendió de la fortaleza de los árboles y de la sutileza de las mariposas.  Solía lavar sus cabellos negros en la quebrada y sentada en las rocas los cepillaba mientras el sol calentaba. Ella anduvo al lado de él cada paso sobre tierra arcillosa y él se mantuvo calmo al lado de ella con esperanza tras cada suspiro. Por siempre joven y bella.  

Fotos: Archivo familiar Prato Mathews

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